|
Os
voy a contar una historia que pasó hace mucho tiempo, cuando la Tierra
tenía ya cuatro mil quinientos cincuenta millones de años y en donde
podréis comprobar cómo el planeta permaneció intacto hasta su último
latido.
Eran las siete de la mañana y todavía no había
salido el sol. Bárbara seguía en su cama, sumergida en sus
pensamientos, cuando de repente el despertador sonó. Ella se estremeció
y como casi todas las mañana el pobre reloj salía despedido por la
ventana en apenas cuatro segundos. Se vistió y se encaminó hacia el
hospital Segura, donde tenía su propia consulta de psiquiatría.
El reloj marcaba las 8:30. Bárbara entró en su
consulta donde siempre la esperaban más de veinte locos que no la
dejaban ni respirar con sus absurdos problemas, pero en el fondo era
feliz. Era médico y eso era todo por lo que tanto había soñado y
luchado en estos últimos quince años.
Bárbara trataba con pacientes de muchos tipos de locuras y le encantaba
tratar con ellos, en algunas ocasiones hasta se recuperaban.
Esa misma mañana traían a una mujer anciana de
una tribu muy lejana de África que decía que se iba acabar el mundo y
que nadie podía hacer nada para remediarlo.
No era extraño verse con casos de este tipo,
eran frecuentes. Pero cuando hicieron pasar a la anciana a su consulta,
Bárbara pudo observar la mirada tan intensa con la que miraba esa
mujer.
-No estoy loca-dijo la mujer.
-De verdad, no estoy loca- repitió.
Bárbara no dedicó su tiempo a escucharla y
examinó su cerebro. Era increíble. No mostraba ningún signo de locura
ni nada por el estilo en su cráneo.
-Deben creerme, no nos queda mucho tiempo. La
Tierra se acabará y ya nada existirá.
-Por qué dice eso, mujer, ¿no ve que eso no
ayuda nada a arreglar las cosas?
Pero ella la miró con una mirada tan tan
profunda que ella no pudo dejar de arrepentirse.
Pasaron los días y la mujer le contaba su vida
para reconocer algún rasgo de peculiaridad. Pero no. La mujer era una
anciana normal y corriente que solo era víctima de una vida llena de
torpezas. Pero nada más.
Pasaron más días y Bárbara no vio más motivo
para dejarla allí encarcelada como una auténtica loca. Pero un día se
le acercó y la miró muy de cerca a los ojos. La Tierra se acabará y
todos moriremos. Empezaremos por deshielos e inundaciones y luego
epidemias, esto será un caos.
La mujer se fue y Bárbara se quedó sentada en
su silla, pensando. Esa mujer tenía tanta verdad en sus ojos que no
pudo pensar no que tenía razón. Pero eso era una locura, no podía ser.
Era 29 de Septiembre y el otoño ya se dejaba notar,
pero aún hacía calor. Bárbara veía las noticias cuando escuchó que un
sunami había arrasado toda la costa oeste de EEUU. Era una catástrofe.
De repente se acordó de la anciana de África. Pura casualidad, pensó,
pero nada más.
Era 20 de Diciembre y ni una sola nevada había
inundado los Pirineos. Muy raro en esa época del año. En la tele habían
anunciado deshielos en el Polo Norte.
3 de Marzo. Bárbara disfrutaba de unas
vacaciones en su hotel de las Bahamas. Todo el mar era tan grande y tan
azul. Cuando llegó la tarde, bajó al comedor para cenar. Las vacaciones
estaban siendo geniales. Pero extraños ruidos la sobresaltaron. Una
familia corría de un lado a otro gritando y sufriendo de dolor. De
repente cesaron los gritos. Habían muerto. Todo eso era muy raro, y a
Bárbara le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo. No podía ser, no
podía ser cierto que se acabara el mundo. Todo el mundo sentado en su
silla sin saber el peligro que corría. Entonces otro niño gritó de
dolor. Era una epidemia. Bárbara chilló y chilló:
-¡Todo se acabará! ¡Ya nada quedará!
Unos hombres la cogieron y se la llevaron a un
psiquiátrico. Era gracioso, se la llevaron a un psiquiátrico, el lugar
donde ella atendía a los enfermos, a locos. Pero ella no estaba loca y
sabía lo que iba a ocurrir. La Tierra llegaría a su último momento.
Debía prevenirles. De nada sirvió. No podía hacer nada. Todo era tan
confuso y tan cruel, cada vez que pasaban las semanas un pueblo se
infectaba de epidemia y así uno tras otro. Hasta que acabaría con todo.
Los hospitales se llenaban, y se vaciaban las
camas de los enfermos para luego asistir a más personas de cáncer e
infecciones y ella no podía hacer absolutamente nada. Estaba sedada y
no se movía.
De repente todo llegó. Tres continentes se
vaciaron, hasta que un día una gran ola gigante se llevó a Europa y a
Asia y todo acabó. Y así ocurrió porque así fue como Bárbara lo vio y lo
vivió antes de morir, antes de poder comprobar que todo lo que tenía a
su alrededor se moría y se enterraría en el fondo de la Tierra para
luego ser olvidado.
Puede que la historia sea un rollazo y parezca
muy surrealista, pero puede ocurrir que la Tierra llegue a su último
suspiro y entonces ya nada servirá.
|