|
25 de mayo de 1992, hoy hace tres años del gran incendio, la noche está muy silenciosa, como aquel día. Todavía puedo recordar el número de gente que murió en el centro comercial Roterbood de la gran avenida de Manhattan. Solo se pudo conservar la vieja estructura del edificio y hubo muchos que no consiguieron salir. Había que contratar a un guardia para que echara un vistazo al interior del centro comercial cada tres horas y así evitar que los “sin techo” pasaran allí sus noches. Y ahí estaba yo, quedé con el concejal para que me enseñara el centro comercial, él insistió en quedar por la mañana. Tras dar una pequeña vuelta me dijo que se tenía que ir y me acompañó hasta mi oficina. Un lugar pequeño pero acogedor, con un par de taquillas, un sofá, tele… En fin, para que pudiera pasar mis largas noches lo más cómodo posible. Sonó la alarma de mi reloj, lo que quería decir que tenía que dar la ronda por el edificio. Cogí la linterna, mi pistola y me dispuse a salir. He de reconocerlo, tenía miedo. La noche estaba muy tranquila pero había algo que me ponía los pelos de punta. Todavía hoy siento una presión en el pecho cada vez que recuerdo esos momentos. Pasé la primera planta y me dispuse a subir a la segunda, sentí como si los quemados maniquíes o lo que quedaba de ellos me observaran. De pronto empezaron a sonar voces y una música muy floja. Empecé a correr y a correr, bajé las escaleras lo más aprisa que pude y me metí rápidamente en mi oficina. Empecé a abrir armarios, cajones… buscando algo que me explicara lo que había oído porque estaba seguro de que era de verdad. En una de las taquillas había un nombre, Robinson Hanks, y una foto del individuo, no era el primero en pasar por ahí. A las tres noches me armé de valor y subí hasta la segunda planta, iba a averiguar qué oí esa noche y de dónde venía. Al llegar a la planta, la música empezó a sonar y las voces volvieron a reproducirse, corrí guiándome por el sonido, cada vez estaba más cerca. De pronto vi una radio, no estaba conectada a ningún enchufe pero la música sonaba y las voces decían algo así como “Solo vinimos a hacer las compras de Navidad”. En ese momento entendí que aquellas personas que se quedaron atrapadas por las llamas aún seguían en el centro comercial. Mi familia pensó que estaba loco, nadie me creía. Perdí el trabajo y me ingresaron en un psiquiátrico.
-¿Por qué no los llevó a que vieran la radio? -Lo hice. Ya no estaba. Tampoco se escuchó nada de lo que oí. Me tomaron por loco, como ya he dicho. -¿Qué pasó con el edificio? -Lo tiraron y levantaron dos torres gigantescas en las que trabajaban miles de personas, pero esas torres fueron derribadas por dos aviones. -¿Dos aviones? -Sí, doctor, un ataque terrorista.
3 de agosto de 1995
|