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En esa tarde fría de invierno en el hotel de la calle Alfonso XII corrían las siete y media y él seguía inmóvil en la pared del vestíbulo. Él lo veía todo. En ese mismo momento fijó su atención en una señora mayor que vestía muy bien y que tenía las facciones muy marcadas y las manos muy estropeadas por el intenso trabajo. Tenía la mirada perdida, triste y agotada. También había un niño de unos seis años haciendo muecas en su esquina derecha. Llevaba mucho tiempo en aquel sitio y antes de ir a parar allí estaba en una bonita oficina de correos, esto lo convertía en un veterano fisonomista.
En este hotel se había alojado durante un mes un extraño huésped que tenía los ojos fríos y las facciones muy duras y sombrías, siempre llevaba un abrigo largo y una gran bolsa de viaje, pagaba en metálico y en billetes pequeños. Francamente, a él le causaba muy mala espina; y como experimentado espejo que era, había llegado a ser muy exacto en este campo. Una noche de febrero el individuo entró con el abrigo rasgado pero con una mueca de satisfacción. A pesar de su impulso instintivo de ir a investigar, el espejo no pudo más que resignarse a su inmovilidad en aquella pared del vestíbulo. A la mañana siguiente llegó la policía y detuvo al simpático botones, al parecer era sospechoso de un asesinato que hubo en una casa cercana al hotel, se trataba de la señora Depanto, una jovencísima viuda de unos treinta años, morena, con la tez pálida y los labios muy rojos de acuerdo con la moda. No cabía duda, tenía que tratarse de algo relacionado con el extraño huésped de la habitación 327.
El espejo se cuestionaba si era el único que podía ver y reflexionar sobre lo que veía, si era un tercer ojo único o existirían más de su misma naturaleza. Sabía que la policía no retendría mucho tiempo al botones y así fue, enseguida lo soltaron por falta de pruebas incriminatorias. El botones contaba la experiencia ocurrida en comisaría, vino también un inspector a interrogar a todo el mundo pero nadie sabía nada. El individuo de la 327, que ya había pagado una fortuna por su alojamiento, una mañana se marchó. Él pudo verlo salir con su gran bolsa de viaje. Permaneció allí lleno de impotencia, nadie había resuelto el crimen y él tenía un sospechoso.
Todo volvía necesariamente a la normalidad, los huéspedes iban y venían por el vestíbulo del hotel. Un día un joven cogió el portamaletas de ruedas con tan mala suerte que chocó con el espejo y lo hizo añicos. El joven pensó que tendría siete años de mala suerte y estaba muy apenado, pero vio que uno de los trozos tenía forma de corazón y se lo guardó en el bolsillo de su camisa. Esa misma noche, el joven, que se hacía llamar Jandro, soñó con un hombre que entraba en el vestíbulo del hotel con un abrigo, tal y como lo había visto el espejo. Pero Jandro oyó un ruido y se levantó de la cama sobresaltado, el trocito de espejo brillaba encima de la mesa. Jandro se miró en él y como si de un río se tratase, una serie de imágenes pasaban ante él. Jandro había comprendido que debía resolver el crimen de la señora Depanto.
A la mañana siguiente, se dirigió a la recepción del hotel para preguntar el nombre del sospechoso. No obtuvo ningún dato y decidió entrar en la habitación 327 donde le dijeron que estuvo alojado un individuo durante mucho tiempo. Permaneció allí durante una hora y media revolviendo la habitación, pero nada. Cuando se disponía a salir, fue a coger el pomo de la puerta y vio a través del espejo del baño algo que colgaba por encima de la mampara de la ducha. Entró de nuevo y encontró un par de guantes de látex que estaban llenos de pequeñas manchitas. No tocó los guantes por precaución y bajó al vestíbulo para pedir ayuda. De camino se dio cuenta de que no tendría explicaciones para decir qué hacía allí y por qué. También se dio cuenta de que si el asesino era lo suficientemente inteligente volvería a por las pruebas olvidadas por descuido, así que se quedó todo el día vigilando el pasillo para custodiar la habitación.
A las 11:35 de la noche, Jandro estaba agotado y se durmió en un rincón de la escalera. De repente se despertó al notar que en su bolsillo un corazoncito de espejo latía con fuerza. En ese momento lo vio. No tenía ningún plan así que llamó a la policía y mientras llegaba decidió entretener al asesino. Con el corazón acelerado entró en la habitación. El individuo estaba buscando algo en su bolsa cuando Jandro tocó la puerta, el hombre se giró bruscamente y se abalanzó sobre él. Jandro intentó escabullirse pero no lo consiguió, el sospechoso lo apartó de un golpe y salió corriendo. Jandro salió detrás, pero ya estaba algo lejos de alcanzarlo. En ese instante vio a la policía detener al sospechoso. Jandro, contento, se miró en el trocito de espejo y se sintió satisfecho. Las vacaciones se acabaron y Jandro al día siguiente volvería a la rutina, pero aunque le costaría trabajo, se sentiría tranquilo sabiendo que el asesino estaba en la cárcel.
Yo lo sé muy bien porque pude ver perfectamente su cara y reconocer su sentimiento de enorme satisfacción desde la pared de la recepción. Pared donde sigo colgado, donde sigo siendo un tercer ojo que espera su oportunidad para vivir una experiencia tan fascinante como la del espejo del vestíbulo.
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