Número 3 / 2009
Copyright Departamento de Lengua y Literatura IES Mar Menor
Dirección: San Javier, Murcia
/ Concretamente extraordinario
El ojo

 

Andrea González Muiños, 4º A


Me desperté sobresaltada con el despertador, eran las siete y media de la mañana y tenía que levantarme para ir al instituto. Entré en el baño y me di una ducha rápida antes de vestirme, me cepillé el pelo sin mirarme al espejo y ya vestida bajé las escaleras a toda prisa para tomarme mi taza de cereales. Nada más terminar me disponía a lavarme los dientes, pero en ese momento oí el claxon del autobús en la puerta de mi casa, por lo que fui corriendo a la cocina y cogí el único chicle de menta que quedaba en el bote donde mi hermano pequeño guardaba sus chucherías y me lo metí en la boca.


     Al entrar en el autobús, noté que los demás chicos y chicas me miraban de una forma extraña, algunos incluso con cara de asco, entonces disimuladamente me olí el pelo, pero olía a frutas del bosque, el olor de mi champú favorito, así que pensé que debía de ser por otra cosa ajena a mí. Pero al entrar en el instituto todos los demás me seguían mirando y cuchicheando a mis espaldas. Esto hizo que me mosqueara bastante, pero decidí ignorarlos y me dirigí a mi primera clase de la mañana, que para mi desgracia era de matemáticas; odiaba esta asignatura, ya que no sabía muy bien por qué por mucho que me esforzara en ella nunca conseguía aprobarla, y para colmo de males, entonces estábamos viendo las ecuaciones. Al entrar en clase de matemáticas todos se volvían a mirarme como en los pasillos y en el autobús, pero nadie me decía nada de por qué lo hacían, así que me senté y esperé a que llegara la profesora. Llegó cinco minutos tarde, y tras disculparse con nosotros nos mandó abrir el libro y nos dijo los ejercicios que debíamos hacer, así que ignorando las miradas curiosas de mis compañeros saqué el cuaderno de mi mochila y me puse a hacer lo que nos habían mandado. Tras pocos minutos de clase, dos compañeras se pusieron a cuchichear sobre mí de nuevo, entonces la profesora se acercó a ellas y les preguntó el motivo de tantas risitas. Para mi asombro, mis compañeros le contestaron que era porque ¡me faltaba un ojo! Entonces me eché las manos a la cara y pude tocar el hueco vacío de mi ojo derecho, enseguida me precipité hacia la puerta de la clase en dirección al cuarto de baño y al mirarme al espejo pude comprobar que decían la verdad.


     En ese momento me desperté sobresaltada por el despertador, todo había sido un sueño, corrí hacia el baño y me miré al espejo, mi ojo estaba ahí como todos los días.

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