Número 3 / 2009
Copyright Departamento de Lengua y Literatura IES Mar Menor
Dirección: San Javier, Murcia
/ Contar con lo abstracto
Fantasía

 

Adela Molina Jiménez, 1º C


     Érase una vez una niña que vivía en una aldea. Era muy feliz y tenía muchos amigos, pero su padre era un cascarrabias y no la dejaba que saliera con sus amigos, por eso cada vez que salía del cole se escapaba un ratito y jugaba con ellos. En la aldea había un bosque pero nadie se adentraba en él, pues había una leyenda en la cual se contaba que había una mujer que se llevaba a los niños. La llamaban el Hada Negra, pues siempre vestía de negro y llevaba la cara tapada. Nunca se veía porque nunca iba a la aldea. Un día la niña y sus amigas después de clase decidieron hacer una apuesta: a quien fuera al bosque ese día todos los demás niños tendrían que darle todos sus ahorros. Un niño que era el más incrédulo del colegio dijo que él iría. Él fue muy convencido, pero al llegar al camino que separaba la aldea del bosque le empezaron a temblar las piernas, empezó a sudar de una forma muy exagerada y al verlo, los otros niños empezaron a reírse de él. A Kisandra, que así se llamaba la niña, le dio pena verlo. Fue hasta él y lo cogió de la mano y se adentró en el bosque con él. Cuando los demás niños dejaron de verlos se soltaron de la mano y Kisandra preguntó:


     -¿Cómo te llamas?


     Y el niño muy enfadado le dijo:


     -¡Cómo me puedes preguntar cómo me llamo si me acabas de dejar en ridículo!


     El niño después de decir eso se dio la vuelta y se fue. Ella se quedó mirándolo cómo se iba y de repente vio cómo se caía. Kisandra, asustada, fue corriendo hacia él y al llegar vio que estaba tirado en el suelo de un agujero. Mientras ella intentaba ayudarle, él gritaba desconsolado:


     -Ayúdame, por favor.
     -No te preocupes, te sacaré de ahí, espera un momento que voy a buscar ayuda.

     -Contestó ella.

     -Por favor, Kisandra, no tardes, tengo mucho miedo. –Le respondió él.
     -Está bien, intentaré tardar lo menos posible.
     -¡Kisandra!, ¿sabes?, me llamo Orlando. –Dijo el niño entre sollozos.
     -Es muy bonito tu nombre, espera un momento, ¿vale?, no te preocupes.
 

     Kisandra se fue corriendo a buscar ayuda y cuando quiso mirar atrás notó cómo alguien la observaba y entonces ella, aunque tenía miedo, dijo gritando:
 

     -¿Quién hay ahí? ¡Responde! Necesito ayuda, por favor. Mi amigo está en peligro.


     Entonces salieron unos hombrecillos pequeñitos y con traje verde con un gorro muy singular y ojos muy brillantes:


     -¿Qué necesitas, hermosa niñita?
     -Mi amigo se cayó en un agujero y no puede salir, está aquí cerca, ¿me ayudáis?
     -¡Oh, tu amigo está en el agujero de Yukima! –Dijeron los duendes.
     -¿Y quién es Yukima? –Respondió Kisandra extrañada.
     -Es el hada negra, así es como la llamáis vosotros los de las aldeas de alrededor del bosque.
     -¡No puede ser, eso es una leyenda! –Contestó la niña.
     -Pues esa leyenda es verdad y como no vayamos se llevará a tu amigo.
    

     La niña y los duendes fueron al agujero y cuando llegaron vieron que Yukima también iba iba al encuentro de su presa. Los duendes le ayudaron rápidamente a salir y se escondieron en la copa de un árbol.
 

     Cuando llegó Yukima vio que allí no había nada y furiosa les dijo a todos los del bosque:


     -Sé que aquí había un niño y sin ayuda de alguno de vosotros no habría podido salir ¡Os vais a arrepentir de ayudar a unos mocosos!


     Yukima se puso a buscar en cada agujero, en cada árbol, en cada escondrijo y los niños se quedaron en la copa de aquel árbol silenciosos y temblando, pues los duendes se fueron nada más ayudarle a salir.
 

     Cuando el hada estuvo a punto de verles, el árbol comenzó a moverse despacio y como un rayo llegó un águila gigante, los subió en su costado y los sacó del bosque. Cuando llegaron al camino, allí no estaba ninguno de sus amigos y el águila los dejó en el suelo de la aldea sanos y salvos. Les advirtió de que ellos habían tenido suerte y que no se les volviera a ocurrir entrar solos en el bosque. Ellos, contentos de estar en casa, le agradecieron toda la ayuda recibida y sin mirar atrás corrieron juntos cogidos de la mano lejos del bosque. Orlando le dio un beso a Kisandra por haberlo salvado y al día siguiente todos los niños llevaron sus ahorros al cole. Orlando y Kisandra lo repartieron y jamás hablaron de lo ocurrido a los demás. Esa experiencia quedó para ellos solos y la aldea quedó con su leyenda, pues para unos era leyenda y para otros no tanto; pero Kisandra y Orlando siguieron siendo muy amigos y cuando podían jugaban juntos.

 

     Y colorín colorado, este cuento se ha acabado con sus duendes y sus hadas pero todas enleyendadas.

 
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