Número 2 / 2008
/ Narraciones extraordinarias
Una mañana ajetreada
María Sánchez Pérez, 2º B

Una mañana ajetreada  

(San Javier, año 2008)

Era un hombre de estatura media, acostumbrado a la vida cotidiana. Decía llamarse Fernando, pero siempre le llamaban "el Soso". La razón de su apodo se debía precisamente a su vida: siempre lo mismo, a la misma hora, de la misma manera. Era un hombre desinteresado, para él nunca parecía que pasase nada importante en el mundo exterior.

Cierto día el Soso se levantó enérgicamente para hacerse el desayuno. Sacó la leche del frigorífico que compró el día anterior y se dispuso a llenar el vaso cuando descubrió, con asombro, que no quedaba ni una gota, ¿dónde habría ido a parar? Fernando no le hizo mucho caso a este hecho, creyendo que fue su despiste. Se dirigió al centro de la cocina, abrió un armario y sacó la mermelada. Se dispuso a dejarla en la mesa, cuando llamaron al timbre. El correo, eso era, el corre: la amenaza para el bolsillo que pasaba factura cada mes del año. Fernando ojeó las cartas y observó, nuevamente sorprendido, que había una reluciente, dorada carta. Dejó las demás cartas sobre la mesa y se dispuso a abrir el sobre dorado. Decía:

 

Estimado señor Fernando:

El gobierno ha decidido aceptar su petición acerca de la ESO, mañana se hará la presentación en el salón de actos del I.E.S Mar Menor.

 

Esperamos su asistencia,  El director de Educación

 

¿Un instituto? ¿Una petición?... ¿Y por qué en una carta dorada? El Soso se formulaba cada vez más preguntas. ¿Será un error? se decía a sí mismo. Desayunó tranquilamente y salió de casa para ir al trabajo. Fernando tenía 35 años y conducía un Ferrari de última moda, algo raro para la clase de persona que era.

Cuando llegó a la oficina, todo estaba en silencio, no se oía una mosca. Subió hacia su escritorio y se dispuso a ordenar sus papeles.

 

─¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡SORPRESAAA!!!!!!!!!!!!!!!

 

Todos sus compañeros de trabajo, incluyendo al jefe, se encontraban camuflados por el silencio de la oficina.

 

─¡Felicidades, Soso! ─exclamó un compañero suyo.

─Perdone, ¿a qué se debe este jaleo? ─preguntó Fernando, cada vez más mosqueado.

─Don Fernando, ¿No es hoy su cumpleaños? preguntó su jefe.

─¿Hoy? ¿Mi cumpleaños? Qué dice, pero si hoy es...─mirando su reloj─ 10 de febrero.

-¿Fernando se te olvidó tu cumpleaños? Pero hombre, esto no puede ser...

 

Efectivamente, el 10 de febrero Fernando cumplía 36 años. Fernando no se creía la situación, todo era muy raro, ya que él pensaba que todavía faltaban semanas para su cumpleaños. En la oficina fue todo bien, como normalmente solía ser. A media mañana, Fernando oyó el teléfono y descolgó.

 

─¿Fernando? No llamaste esta mañana, me tenías preocupada. Por cierto ¿A qué hora quedamos al final? ─contesta una voz femenina.

─Disculpe, señorita, pero usted se equivocó de número…

─¿Cómo? ¡No puede ser, tú eres Fernando, reconozco tú voz! Dijiste que esta noche iríamos a La Grajuela o al restaurante Chino. Por cierto no tengo nada que hacer después de cenar.

─Señorita, dígame quién es usted, que no la conozco.

─¿Fernando, cómo es que no te acuerdas? Soy yo, Silvia.

─¿Silvia? No conozco a ninguna Silvia.

─Fernando, ¿me estás tomando el pelo, verdad? ─nerviosa─ tiene que ser una broma, y muy pesada. En fin, ya que no te decides, elegiré el Dos Mares, ¿vale?

─Perdone, pero…

─Adiós, cariñín. Nos vemos luego. Un beso. Chao.

 

Fernando no podía creérselo. Era la cuarta cosa extraña que pasaba en la mañana, y eso que el día anterior fue normal. Al terminar el trabajo, salió de la oficina ciertamente cansado, era demasiada la tensión de todo lo que había pasado: la leche y la mermelada, la carta,  la sorpresa y después esa llamada de una tal Silvia. Fernando cogió el coche y volvió a casa. O al menos eso era lo que él creía, pues en el sitio donde su casa estaba antes, yacía un establecimiento gigantesco y una nota en un cartel. Fernando se aproximó y leyó:

 

Estimado señor Fernando:

Hemos decidido construir el instituto en su hogar, para que se sienta más cómodo.

 

Saludos, El constructor.

 

¡Tierra, trágame! Eso era lo que pensaba Fernando. Ahora sí que las cosas se habían torcido. Fernando entró a darse un paseo por el instituto y revisó los pasillos, subió a la segunda planta y se detuvo ante una clase algo diferente. ¡2º B! “Los perfectos” Decía en el cartel. Fernando entró y miró la clase, de punta a punta, “tienen que ser de los mejores” Se decía para sí. Se disponía a salir cuando una señora entró por la puerta.

 

─Hola, ¿Desea algo? ─preguntó la señora.

─Perdone, ¿pero dónde está mi casa?

─Veo muy bien que le guste la clase para vivir aquí, pero me temo que mis alumnos son un poco revoltosillos. ─respondió ella.

─¿Usted es su profesora?

─Efectivamente, soy Encarna Palacios. Mire, me parece que su casa está en el piso inferior, baje y entre por el pasillo del centro.

─Muchas gracias, buenos días.

 

Fernando se encontraba cansado de tanto ajetreo, al que no estaba acostumbrado. Se dirigió rápidamente hacia el pasillo del centro de la planta baja y, finalmente encontró su casa, o al menos la puerta de entrada. Fernando sacó las llaves y abrió la puerta.

Repentinamente, un cojín cayó sobre su cabeza y Fernando cayó al suelo. Se oía jaleo, no, no era jaleo, era un griterío de voces, que lo mismo cantaban como ángeles que desafinaban hasta romper los cristales. Fernando se apresuró al salón y contempló lo que un día fue un sitio relajado:

Sobre los muebles, los sofás y en el suelo, se encontraba por lo menos dos clases de alumnos, de más o menos 2º curso de la ESO.

─Tú, ¿De qué grupos sois? ─preguntó Fernando a un chico.

─Somos sólo un grupo, señor. ─le contestó el chaval.

─¿Y no deberíais de estar en vuestra clase?

─Señor, ésta es nuestra clase.

 

Fernando se quedó helado, tan helado, que su cerebro se congeló, y por un momento parecía ver las estrellas. Se relajó y volvió en sí, pero en ese momento un alumno le empujó, haciéndole caer de espaldas.

 

 ─¿Fernandito? ¿¡Fernandito!? ¿Estabas durmiendo en medio de la clase? Fernandito ¡al pasillo!

─¡¡Aaah!! ¿Eh? ¿Quién, yo?

─Fernandito, ya que no te interesa la biografía de Mahoma, haz el favor de salir al pasillo.

 

La clase entera se rió. Fernandito salió al pasillo. Era un chico de 14 años que estudiaba en secundaria. Todo lo demás, ¿había sido un sueño?

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