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/ Mensajes en una pantalla rota
Marta Úbeda Cuenca, 2º Bachillerato Hum/CCSS

EL REGRESO

 Tal y como nos cuenta Cervantes en su novela de Don Quijote de la Mancha, vuelven Don Quijote y Sancho de su tan apasionante e interesante aventura, dos meses después de haberla comenzado. Ambos, encima de sus robustos, bellos y fieles corceles, observan melancólicamente el color amarillento de las secas tierras que están atravesando, las tierras de Castilla. A lo lejos se puede percibir un pequeño pueblecito con blancas casas y con un gran campanario que sobresale por encima de todas ellas. En el silencio estremecedor de estos campos de Castilla, tan sólo se puede distinguir, levemente, el armonioso sonido de las campanas de ese pueblecito, marcado por el ritmo constante y eterno de ese campanario. Don Quijote y Sancho continúan, encima de sus caballos, a paso lento, su camino de vuelta a casa. Ninguno es capaz de articular palabra, por pequeña que sea, pues tan sólo pueden recordar entristecidos y melancólicos todo lo vivido. Cada una de esas constantes campanadas que, pobremente, se escuchan a lo lejos, son capaces de llegar a encoger sus apenados y abatidos corazones. Cada uno de esos hirientes sonidos, les hace recordar la desesperante rutina a la que están regresando para, de nuevo, dos años después, unirse a ella. Don Quijote observa entonces cómo la deslumbrante, esperanzada y enrojecida luz del sol va, poco a poco, disminuyendo allá en el horizonte. Observa cómo se esconde tímidamente entre dos hermosas montañas, dejando atrás varias nubes tintadas de ese color rojizo de los rayos de sol que ya, han terminado de desaparecer. Don Quijote entonces siente pena por esos brillantes rayos, pues a la mañana siguiente volverán a salir, al igual que lo hicieron ayer, al igual que lo hicieron treinta años antes y al igual que lo han hecho hoy, ¿Qué les queda por esperar a estos eternos rayos de sol?, se pregunta Don Quijote mientras nota que sus azules y brillantes ojos se llenan, lentamente, de pequeñas lágrimas de tristeza, dolor y desesperación. Mientras, Sancho detiene suavemente su caballo y señala un solitario árbol que hay a un lado del estrecho camino. Debajo de este arbolillo, Sancho y Don Quijote preparan sus cosas para dormir mientras se van desvaneciendo los últimos esbozos de rayos de sol que aún perduraban, y termina por enfuscarse todo el campo de Castilla. Horas más tarde, los dos aventureros, acostados en sus viejas y sufridas mantas, intentan, inútilmente conciliar el sueño, con la esperanza de poder refugiarse en él, con la esperanza de olvidar, durante unas horas, la enorme angustia que sienten al pensar en su regreso a la eterna rutina. Don Quijote, mientras observa la brillante y blanca luz que desciende de la luna, escucha de nuevo las campanas resonando vivamente dentro de aquel viejo campanario. -Una, dos, tres- y una lágrima escapa apresurada de los tristes ojos de aquel viejo hidalgo, descendiendo lentamente por su blanca mejilla, -Cuatro, cinco, seis-, y Don Quijote cierra los ojos asumiendo resignado que ahora le toca volver, de nuevo, a la rutina propia de los pequeños pueblos, -Siete, ocho, nueve-, y Don Quijote se da cuenta de que su apasionante viaje ya había concluido y que el tiempo pasa para todos, y nosotros, lo único que podemos hacer es asumirlo y aceptarlo,-Diez, once, doce…- .

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