| Caminos, campos y molinos Caminaban y caminaban el llamado Sancho y el hidalgo Don Quijote. Por caminos y más caminos serpenteantes, caracoleados y enredados como un ovillo de hilo. El calor de una tarde revoltosa se reflejaba en las frentes de dos hombres cansados de atravesar bosques, descampados y peligrosos además de remotos rincones. Este calor se despedía para volver ya en otro momento. Un momento no muy lejano, no muy tardío, no muy largo. Sancho descansaba y Don Quijote dormía. La Luna atravesaba un cielo cerrado, luminoso, lleno de muchos y pequeñitos candelabros. Ya por la mañana Sancho y Don Quijote comentaban cómo transcurriría el día, pensando en el cansancio aún almacenado, pues el lugar de reposo no había sido muy confortable o cómodo como decimos nosotros. El dúo no estaba para muchos estragos. De todos modos su hazaña no podía ser frenada ni por el dolor ni por el cansancio de unos músculos congelados, fríos, helados, los cuales sólo piden una manta u hoguera que les reviva. Las nubes llegan, tras de ellas acechan candelabros estrellados y a posteriori otro día pasa, con la Luna como testigo, sin encontrar a la amada de Don Quijote, Dulcinea. Dama de conversación, bella y poco rellena, con dos luceros por ojos, azules como el cielo que no toco y de momento no quiero tocar, ondulaciones como olas en su pelo mueren a la altura de la cintura, rojas como la sangre y bellas como ella sola. Los caminos no acaban, pues son largos, duros, secos e interminables. Al momento se hallan ante un gigante de aspecto blanquecino, trabajador nato que se empeña en girar e indicarle a nuestro Don Quijote que no alcanza a Dulcinea. Sí señores, molinos son y molinos serán, castellanos de una España la cual es y perdurará. España llena de gentes con costumbres bien acostumbradas, que no miran ni a otro lado ni a otro momento, meramente se contentan con el día a día de una patria cansada, simplemente con el ahora. Don Quijote observa lo que le rodea, pues es buen meditador de lo que percibe. Molinos que le dicen que el tiempo se acaba, que las aspas giran y no parará de girar, que los campos amarillos algún día cambiarán, que unos vienen y otros se van. El agua de un río en su oído silva. Los caballos beben y ahogan una sed insaciable, la misma sed que ahoga a Don Quijote, la de buscar, preguntar, luchar y desear los labios rojos, carnosos y amados de Dulcinea. Quiere pero no puede parar los molinos, dar marcha atrás a unas aspas que él sabe que no cederán. Se da cuenta de que su amada se aleja y no volverá. Don Quijote pregunta a su escudero.- Sancho, ¿acabará algún día este calvario?-Sancho contesta -Mi señor, acabará cuando quieras que acabe.- Don Quijote cabizbajo camina por un llano, y Sancho, escudero polvoriento, sucio y manchego detrás del hidalgo camina buscando algo. ¿Aguardará allí agazapada, entre los trigales, la dama Dulcinea? Don Quijote camina, camino tras camino, campo tras campo, molino tras molino. | |